El espejo

Todo comenzó hace unos meses, cuando me mudé con mi pareja a una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Cada detalle en ella parecía perfecto para empezar una nueva vida, salvo por el espejo que había en el salón.

Era ovalado y su marco extravagante estaba hecho de madera color caoba. A simple vista, se notaba que era muy antiguo por su aspecto sucio y deteriorado. Pero lo cierto es, que después de limpiarlo y verlo en sintonía con el resto de la sala, no me desagradaba del todo; de hecho, al principio, incluso me llegó a gustar.

Las semanas pasaron, y el espejo se convirtió en un elemento más de nuestra casa. Me veía reflejado mientras descansaba en el sofá o cuando me sentaba a comer en la mesa. Siempre parecía reflejar tu mejor versión, incluso en las mañanas, recién levantado de la cama y completamente despeinado.

Todo cambió drásticamente un fatídico día. Mientras estaba entretenido viendo la televisión, giré la cabeza hacia el espejo, pero mi reflejo no lo hizo. Me froté los ojos con fuerza y, al volver a mirar, todo había vuelto a la normalidad. Le eché la culpa al cansancio y me fui a dormir.

En los días posteriores, la situación no mejoró. Mi reflejo, por momentos, parecía tener vida propia: sonreía cuando yo no lo hacía, me miraba fijamente muy a menudo e incluso, a veces, me saludaba inocentemente levantando una mano y sacudiéndola en el aire.

Lo hacía siempre cuando ella no estaba en casa, como si aquello fuera un juego solo entre él y yo, porque aunque pueda parecer extraño, sentía más curiosidad que miedo.

“Si alguien más se entera, te alejaran de mi”

Aquello hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo. Mi reflejo acababa de hablarme y parecía estar completamente desvinculado de mí. Aproveché para hacerle algunas preguntas, pero solo me respondió que él estaba tan asombrado como yo.

A partir de ese momento las charlas fueron bastante habituales, él me preguntaba sobre mi mundo y yo sobre el suyo. Las respuestas que yo recibía eran bastante vagas, como si dentro del espejo no existiera más que el salón que reflejaba.

Un día, ella volvió temprano del trabajo y me vio hablando con él. Intenté explicárselo todo con calma, pero sus gritos no cesaban. Me decía que estaba loco y que lo nuestro se había terminado. Repetía que cogiera mis cosas y me marchara, pero yo le respondí que no quería alejarme de él. Entonces cogió el móvil y, con las manos temblorosas, comenzó a marcar un número.

Antes de que terminara, lo cogí con un movimiento rápido y lo estampé contra el suelo. Sus gritos aumentaron hasta volverse insoportables. La empujé contra el sofá y, con mi mano derecha, le tapé la nariz y la boca hasta que todo se calmó. Cuando me incorporé, ella yacía inmóvil, con los ojos abiertos mirando al techo. Le supliqué que no me abandonara y, entre lágrimas, permanecí junto a su cuerpo durante horas.

Volví a mirar mi reflejo, pero ya no era yo. Se había convertido en una sombra que golpeaba lentamente el cristal, suplicando que la dejara pasar. Con la ira a flor de piel, cogí una silla y la estampé con todas mis fuerzas contra el espejo. Cuando el cristal se rompió en mil pedazos, sentí que el corazón me daba un vuelco. Aquello nunca había sido un espejo; era una ventana, y yo la había abierto para que eso entrara.

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