Trayecto nocturno, parte 1

Como cada noche, Rubén subía a su autobús a las doce en punto e iniciaba la ruta habitual. Siempre hacía las mismas diez paradas en círculos, una y otra vez. Y, como a esas horas poca gente quedaba despierta, ya conocía de sobra a todos sus pasajeros.

Sabía en qué parada y a qué hora se subían, y a qué hora y en qué parada se bajaban. No solía interactuar mucho con ellos, más allá de saludarlos y verificar que sus pases aún no habían caducado. La jornada se le hacía eterna: siempre recorriendo las mismas calles, siempre viendo las mismas caras. Hasta que un día eso cambió.

Eran las tres de la mañana, y un hombre alto y trajeado lo esperaba bajo la parada del hospital. Rubén detuvo su autobús y le abrió las puertas a aquel extraño. El hombre se quitó el sombrero negro que llevaba, subió y le mostró su pase antes de ir a sentarse. Su piel era pálida, y Rubén sintió algo extraño al verlo, una sensación que no supo definir.

Dio varias vueltas por la ciudad, siguiendo su ruta habitual, mientras lo observaba con curiosidad a través del espejo que le permitía ver a los pasajeros. Su postura era inmutable: se había sentado junto a la ventana y, con las piernas cruzadas, miraba hacia afuera con la mirada perdida.

Cuando Rubén acabó su turno, llevó el autobús a la estación central y revisó que estuviera vacío antes de cerrar las puertas y marcharse a casa a descansar. Durante el camino, le vino el pensamiento de que no había visto a aquel extraño hombre bajar en ninguna parada, pero rápidamente otros pensamientos lo distrajeron.

Al día siguiente, el hombre volvió a subirse en la parada del hospital a las tres de la mañana. Esta vez, Rubén lo vigiló más de cerca, revisando el espejo con frecuencia y observando cómo permanecía inmóvil en su asiento. Y otra vez, al acabar la ruta, sin haberlo visto bajar, aquel hombre ya no estaba. La escena se repitió noche tras noche. Durante semanas, aquel hombre alto y silencioso subía en la misma parada, a la misma hora, y tomaba el mismo asiento junto a la ventana. Hasta que un día, Rubén no pudo contener más su curiosidad y, justo después de revisar su billete, lo miró fijamente y le preguntó: “¿En qué parada se bajará?”

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