Páginas en blanco
Desperté en plena madrugada, con el corazón acelerado y la mente algo enturbiada. La oscuridad reinaba en toda la habitación, excepto por algunos rayos de luz lunar que se colaban entre las cortinas. A mi lado, dormía plácidamente mi marido, con ese rostro angelical que tanto lo caracterizaba.
Tras intentar volver a dormir sin éxito, me incorporé sin hacer ruido, y algo en la mesita de noche llamó mi atención. El cajón estaba mal cerrado, y de él asomaba una delgada libreta que nunca antes había visto.
La saqué con cuidado y fui hacia el comedor para encender la luz y leer su contenido. Abrí la libreta por la primera página y, para mi sorpresa, reconocí mi letra, aunque no recordaba haber escrito aquellas palabras:
“Hoy no me dejó ir a la tienda. Me dijo que era muy peligroso ir sola.”
Fruncí el ceño, intentando recordar cuándo había escrito eso. El relato continuaba:
“Me gritó delante de sus amigos y me llamó exagerada. Yo me disculpé sin saber por qué.”
La mayoría de las cosas que estaban escritas eran hechos que, supuestamente, mi marido me había hecho, pero que yo no recordaba. Pasé a la página siguiente y seguí leyendo:
“Hoy me ha empujado después de la cena. Luego me ha abrazado y se ha disculpado mientras lloraba. A veces creo que lo quiero; otras, solo quiero correr. Pero no corro. Nunca corro.”
Casi sin poder creer lo que leía, pasé a la siguiente página:
“Esta vez ha ido demasiado lejos. Tengo un moretón en el ojo que mañana tendré que disimular con maquillaje. Tengo suerte de tener este cuaderno y poder olvidar todo lo que escribo.”
El corazón me dio un vuelco. Aunque al principio creí estar viviendo una pesadilla, los recuerdos comenzaron a agolparse en mi mente. Empecé a recordar todos los insultos, los golpes y las vejaciones que había recibido por parte de mi marido.
Con los ojos llenos de lágrimas, leí el último parágrafo que había escrito.
«Estoy cansada de olvidar. Olvidar me permite vivir en la ignorancia, pero cada vez que lo leo y lo recuerdo todo, es peor. Esta vez quiero olvidar que esta libreta existe, y así reunir la valentía para huir.»
Estaba equivocada: no debía olvidar aquella libreta. Debía destruirla para siempre; de lo contrario, volvería a olvidar todo en cuanto la cerrara. Encendí los fogones de la cocina, la dejé encima y la vi arder lentamente en llamas.
Un ruido se escuchó desde la habitación. Parecía que el olor o el humo lo habían despertado. Antes de que pudiera verme, me aseguré de que la libreta había ardido por completo. Luego salí de la casa, y esta vez corrí para no volver, con todos mis recuerdos intactos y con la certeza de que me vengaría por todo lo que me había hecho.
