La brújula, parte 1
“Por culpa de aquel hombre, lo he perdido”
Después de llorar durante horas sobre mi cama, la imagen de la tienda de antigüedades apareció en mi mente
“Dante… quizás él sepa cómo recuperarlo”
Me dije a mí mismo, y entonces un atisbo de esperanza me invadió.
Cogí el coche a toda prisa y conduje hasta la ciudad. Entré en la tienda de antigüedades apresurado y me dirigí directo al mostrador. Le expliqué al tendero que mi hermano había desaparecido y, tras reflexionar un momento sobre cómo podría ayudarme, se fue a la trastienda. Minutos después, regresó con una antigua brújula en la mano. Me explicó que, si la sostenía en la palma de la mano y pensaba en aquello que había perdido, la aguja dejaría de apuntar al norte y comenzaría a señalar aquello que estoy buscando.
Hice todo el proceso y centré la aguja en el norte. Cerré los ojos, pensé en mi hermano y, cuando los volví a abrir, sin haberme movido, la aguja apuntaba hacia el este. Sin siquiera despedirme del tendero, salí corriendo hacia mi coche y comencé a seguir las indicaciones de aquella aguja metálica.
Conduje hasta salir de la ciudad y me adentré en el bosque por sinuosas carreteras que parecían no tener fin. Después de varias horas, el asfalto dio paso a la tierra, y poco a poco los surcos del camino se fueron pronunciando al mismo tiempo que este se estrechaba.
Las ruedas delanteras del coche se hundieron en un charco de barro y, por más que intenté retroceder o avanzar con fuerza, el vehículo quedó atascado. Sin perder tiempo, cogí las llaves, bajé y continué el camino a pie, aún guiado por aquella extraña brújula.
Dentro de aquel bosque, sentía que no avanzaba. Después de horas de caminar, tenía la sensación de ver constantemente los mismos árboles. El camino parecía interminable, y la incertidumbre de no saber cuánto faltaba para llegar a mi destino comenzaba a desesperarme.
Entonces volví a ver mi coche, aún atascado en el barro, unos metros más adelante en el camino. Miré la brújula para comprobar si la aguja seguía bien orientada, y vi que así era. Parecía que aquel artilugio se estaba burlando de mí y me había hecho andar en círculos.
Intenté salir del bosque caminando en dirección contraria para llegar a la carretera y pedir ayuda, pero después de varias horas andando, volví a toparme con mi coche. Pensé que la conmoción de perder a mi hermano me había desorientado y que no estaba pensando con claridad, pero entonces miré al cielo.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que el coche se atascó, pero estaba seguro de que ya debería haberse hecho de noche. Sin embargo, el sol no se había movido ni un centímetro.
