En la oscuridad
La anciana entró a altas horas de la noche en mi iglesia, cuando estaba a punto de cerrarla al público. Se acercó a mí lo más rápido que pudo por el pasillo central, asustada y con la ropa completamente mojada por la tormenta. Me suplicó ayuda con los ojos llorosos, y me pidió por favor que la acompañara a su casa. Al principio me mostré reacio a ayudarla, pero la preocupación que vi en su mirada me hizo pensar que si no lo hacía cometería una locura.
Salimos de la iglesia bajo mi paraguas y la acompañé hasta mi coche. Mientras conducía, me extrañó lo lejos que su casa se encontraba. Si mis cálculos no fallaban, aquella anciana debía haber andado más de media hora bajo la fuerte lluvia.
Al llegar, me sirvió una taza de café y nos sentamos en la mesa del comedor. La casa era aterradora: algunas luces no funcionaban, y las que sí lo hacían emitían una tenue luz cálida que apenas permitía ver con claridad. La pintura beige de las paredes se descascaraba en trozos, y en las esquinas surgían manchas negras de humedad. En el ambiente flotaba un tipo de vapor o humo que hacía difícil respirar, y ruidos extraños se escuchaban detrás de los muros, probablemente causados por el deterioro.
—Gracias por venir, padre —me dijo la anciana con la voz temblorosa—. Hace semanas que siento una presencia en mi casa, algo que me sigue allá donde voy y me vigila mientras duermo.
—¿Siente el mal en esa presencia? —le pregunté, sosteniendo la taza con mi mano derecha—. Quizás esa presencia está velando por su seguridad.
En ese momento las luces titilaron y después de un fuerte golpe seco, la casa se sumió en la más negra penumbra. Me sobresalté tanto que la taza de café se me escurrió de los dedos y cayó al suelo mojándome la mano.
—No se preocupe —me dijo la señora con tono calmado—. Son los plomos, pasa muy a menudo.
Se levantó de la silla y fue hacia el recibidor arrastrando los pies del cansancio. Saqué un pañuelo del bolsillo del pantalón y me limpié como pude la mano. Me incliné hacia un lado para recoger la taza y, mientras tanteaba el suelo para encontrarla, escuché unos pasos rápidos acercándose.
—¿De qué raza es su perro, señora? —le pregunté instintivamente.
Sentí entonces como el perro lamió mi mano manchada de café. La aparté algo disgustado y volví a incorporarme sin haber encontrado la taza.
—No hay perros en esta casa, padre. Solo estamos usted y yo.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan pesado que apenas podía respirar. Bajé de nuevo la mirada, con el corazón latiéndome en la garganta, y en la oscuridad, vi a la anciana agachada sobre sus rodillas, con la lengua ensangrentada y los ojos brillando en la oscuridad mientras me miraban fijamente.
