El fin de la bestia, parte 1
Descubrí por las malas que el punto débil de aquella bestia era el fuego. Le iba pisando los talones, pero siempre se me escapaba, hasta que seguí algunos rumores y leyendas que me llevaron a un apartado pueblo en medio del bosque.
Apenas llegué, se podía sentir en el ambiente que algo no iba bien. Pregunté a algunos locales y me explicaron que, hacía dos días, algo había asesinado al cura y se había atrincherado en la iglesia. La única patrulla del pueblo fue a investigar, pero desaparecieron sin dejar rastro.
Me hospedé en el único albergue del lugar y, haciendo caso omiso a las advertencias de los locales, me armé y salí a cazar en la primera noche. Sabía que, si esperaba a los refuerzos que llegarían por la mañana, aquella bestia se cobraría más vidas.
Cogí mi revólver, un mechero, varios litros de gasolina almacenados en botellas de plástico, una Biblia y un pequeño crucifijo de madera. Abrí el tambor del arma y comprobé que las seis balas estaban cargadas. Por último, cerré los ojos y le pedí a Dios la fuerza necesaria.
Llegué a la iglesia alrededor de la medianoche. El coche de policía seguía aparcado frente al edificio, con las ventanillas bajadas. Desde el interior salía un molesto ruido blanco, proveniente de la radio que aún estaba encendida. En las casas aledañas no había nadie: todos se habían ido, dejando tan solo el silencio.
Abrí la pequeña puerta de madera y, antes de entrar, rocié toda la entrada con un poco de gasolina. El silencio dentro era aún más denso que afuera, solo perturbado por el eco de mis pisadas. Desenfundé mi revólver y, mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad, empecé a buscar a la bestia.
Lo primero que me llamó la atención fue que todos los símbolos religiosos, como cuadros o esculturas, estaban destruidos. Apenas había avanzado unos metros cuando escuché un fuerte crujido al fondo de la sala. Miré fijamente y, gracias a la luz de la luna que se colaba entre las ventanas, vi a aquel monstruo posado sobre el altar.
Actué sin pensar. Encendí el mechero y lo lancé contra la gasolina rociada sobre la puerta. Una enorme llama estalló, iluminando toda la iglesia. La bestia gruñía y salivaba con los ojos clavados en mí. Entonces la desafié con la mirada y le dije: “Ya no tienes escapatoria, este es tu final. Hoy vengare a todos los que te has llevado”
