La tienda de antigüedades

Nací de la tierra y el fuego tras una fuerte tormenta; el rayo fue mi padre y el barro, mi madre. Aparecí con el aspecto de un niño pequeño, vulnerable y débil. Vagué por el bosque durante horas hasta toparme con una carretera.

Una familia me recogió del asfalto, mojado por la lluvia y con la mirada vacía de recuerdos y vivencias. Me dieron comida, una cama y un nombre. Poco a poco, fui ganándome su confianza hasta convertirme en uno más de ellos.

El hombre era propietario de una tienda de antigüedades, donde yo pasaba muchas horas ayudándole con todo lo que implica tener un negocio, mientras los demás niños estaban en la escuela.

“Este niño es muy listo y lo aprende todo solo, no necesita ir a la escuela” me decía la mujer. Yo sabía que me estaban utilizando para que trabajara sin un sueldo, pero no me importaba. Disfrutaba recorriendo aquellos estantes llenos de extraños objetos, la mayoría de ellos antiguos.

Estuve muchos años viviendo con aquella familia, tanto que incluso creo que llegué a sentir afecto y olvidé mi cometido en la Tierra. Pero las cosas buenas nunca duran para siempre, y una noche, el hombre entró en mi habitación sin avisar para decirme algo relacionado con la tienda… y vio mi verdadera forma.

Desde el primer día, la comida humana nunca había saciado mi hambre, y a escondidas tenía que buscar almas menores para alimentarme. Aquella noche, el hombre, con los ojos desorbitados, me vio devorando a uno de los muchos gatos callejeros que rondaban por el barrio.

Me había descubierto demasiado pronto, así que no tenía otra opción más que adelantar mis planes. Intentó echarme de su casa a gritos, pero entonces le conté que había estado albergando al diablo bajo su techo. Y cuando le mostré mi verdadera forma, me creyó.

Mis ojos se tornaron rojos como la sangre, y dos cuernos negros brotaron de mi frente. El hombre solo podía mirarme con los ojos llorosos, paralizado por el terror. Lo amenacé con matarlo a él y a toda su familia, pero, entre lágrimas, me suplicó que no lo hiciera, que haría cualquier cosa por mí.

Entonces supe que lo había conseguido. Le prometí que no le haría daño a su familia, con una condición: debía permitirme impregnar cada objeto de su tienda de antigüedades con una parte de mi alma. Estaría presente en cada antigualla, en cada joya, en cada libro, en cada armario… Y así, esparciría mi poder y me haría presente en todos los hogares.

Entre lágrimas, asintió con la cabeza, y al día siguiente cerró la tienda al público para que pudiera hacer mi trabajo. Impregné cada objeto con mi alma, otorgándoles propiedades inimaginables, incluso para mí. Me esparcí, y cuando el último trozo de mi alma se agotó, desaparecí del mundo del mismo modo en que había venido.

Hoy estoy en muchos lugares. Conforme la gente se fue interesando por los artículos de la tienda, me fueron llevando a sus casas. Allí me alimento de su energía y atormento sus sueños para nutrirme de sus almas. Quizás esté más cerca de ti de lo que crees. Quizás parte de mi alma habite en alguna antigualla de tu casa: algún reloj de cuco, alguna caja de música… Quién sabe, quizás ya nos conocemos.

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