La brújula, parte 2

El tiempo parecía haberse detenido. Aunque el calor era insoportable, el barro que cubría las ruedas de mi coche y lo mantenía cautivo no se secaba. El sol llevaba en el mismo punto del cielo lo que parecían ser varios días, durante los cuales me había dedicado a recorrer el bosque de un lado a otro en busca de una salida. Pero, por mucho que lo intentara, siempre volvía al coche.

La piel se me caía a tiras por las quemaduras del sol, y el hambre me atormentaba, impidiéndome pensar con claridad. Primero intenté cazar algún animal, pero no encontré ninguno. Luego probé con algunas plantas, pero todas me sentaban mal y terminaba vomitándolas. Tuve más suerte con el agua: a escasos metros de mi coche, bajando un pequeño terraplén, había un río de agua fresca y cristalina.

También intenté seguir aquel río, con la esperanza de que me llevara al mar, pero, para mi sorpresa, siempre terminaba en el mismo lugar. Parecía que su cauce formaba un círculo interminable, al igual que todo en ese extraño bosque.

Cuando las fuerzas se me agotaron y el dolor de las quemaduras se hizo insoportable, me refugié en los asientos delanteros de mi coche y encendí el motor, intentando sacarlo del barro una vez más. Pero entonces, la radio se encendió sola.

Empecé a oír cómo, entre el fuerte sonido blanco de la radio sin emisora, se moldeaba una voz formando mi nombre. Poco a poco, fue haciéndose más clara hasta que pude escuchar su mensaje con total nitidez.

«Dante, aquel a quien buscas, ya ha partido. Solo si desistes podrás salir.»

Golpeé la radio con rabia, maldiciendo y gritando que no iba a abandonar a mi hermano, mientras el mensaje se repetía una y otra vez.

«¡Dime dónde lo tienes escondido!» le exclamé a la radio con las pocas fuerzas que me quedaban.

Entonces, el sonido blanco volvió a imponerse y, unos segundos después, cuando la voz se esclareció, el mensaje había cambiado.

“Es tu perseverancia lo que te mantiene cautivo. Desiste o muere”

Volví a maldecir aquella radio y, mientras el nuevo mensaje se repetía en bucle, la arranqué de cuajo del panel central y la lancé con todas mis fuerzas por la ventanilla. Luego, recliné el asiento hacia atrás y, aceptando que nunca más recuperaría a mi hermano, me entregué a la espera de que la muerte me llevara con él.

Dormí por un tiempo incierto, pero al despertar me di cuenta de que se había hecho de noche. Salí del coche y comprobé que el charco que lo mantenía atrapado se había secado. Por alguna razón, el tiempo volvía a correr y, sin perder un segundo, arranqué el motor y salí de ese infernal bosque.

En menos de un cuarto de hora conseguí volver a la carretera asfaltada y, poco después, empecé a vislumbrar la silueta de los edificios de mi ciudad recortándose contra el cielo del amanecer.

Ahora tenía una misión clara. Lo primero que iba a hacer sería matar a aquel tendero de la tienda de antigüedades, el responsable de la muerte de mi hermano y de que yo casi perdiera la vida.

Publicaciones Similares