El morador de la cueva
La primera vez que me topé con la muerte, fue el día que perdí a mi hermano.
Planeamos una ruta por el bosque para pasar el día juntos, ya que le dedicábamos nuestra vida al trabajo y eso había hecho que nos distanciáramos.
El día se complicó muy pronto, cuando los senderos que recorríamos no coincidían con los de nuestro mapa. Las horas pasaron y por mucho que anduviéramos, el bosque parecía no tener fin.
Cuando la oscuridad empezó a invadir el ambiente, le dije a mi hermano que volviéramos para pasar la noche en una cueva que había visto metros atrás. Llegamos temblando, con el frío metido en los huesos y sin pensarlo dos veces, nos adentramos en el túnel oscuro hasta que la temperatura dejó de ser insoportable.
Aún no nos habíamos acomodado cuando, desde la oscuridad, empezaron a oírse ruidos muy extraños: piedras que se movían, pasos lejanos y gruñidos inexplicables. Al instante supimos que no estábamos solos, así que encendí la linterna de mi móvil y nos adentramos en la cueva.
No tardamos en encontrar una especie de altar o zona de ritual, con algunos símbolos satánicos. Había un pentagrama invertido dibujado con sangre en el suelo, algunos libros tirados y muchas velas que parecían estar aún calientes.
Mi hermano me dijo que saliéramos de la cueva, pero le recordé que no aguantaríamos el frío toda la noche. Le propuse volver al inicio del túnel y esperar a que amaneciera haciendo guardia, pero los ruidos cambiaron y comenzaron a sonar más cerca, como si algo se aproximara rápidamente.
Apunté con la linterna hacia el fondo de la cueva para descubrir qué nos estaba acechando, y entonces lo vi por primera vez. Una criatura de piel pálida gateaba hacia nosotros a gran velocidad. Parecía un hombre, pero sus ojos ensangrentados y sus gruñidos parecían salir del mismísimo infierno.
Se abalanzó sobre mi hermano y, con una fuerza sobrenatural, lo estampó contra las rocas, rompiéndole casi todas las costillas. Luego volvió a lanzarse sobre él, mordiéndole la cara, arañándole con fuerza y haciéndole cortes muy profundos.
El miedo invadió mi cuerpo como nunca antes lo había hecho. El móvil se me escurrió de las manos por el terror que sentía y salí corriendo hacia fuera de la cueva.
Cuando el bosque se abrió ante mí, dejé de escuchar el horror y los gritos de mi hermano. Volví a mirar de reojo hacia la entrada de la cueva y me pareció ver a aquella bestia asomarse. Corrí lo más rápido que pude, sin rumbo alguno, y, cuando el frío estaba a punto de ganarme la batalla, vi unas luces muy brillantes a lo lejos.
Conforme me fui acercando, vi que eran las farolas de un pueblo. Fue entonces, en ese momento de calma, cuando las imágenes de mi hermano siendo asesinado invadieron mis pensamientos, y hasta el día de hoy no se han ido.
