Despierta

Desde pequeña, llevé una vida tranquila como la de cualquier otra mujer. Me casé a muy temprana edad, como solía hacerse antes, y tuve dos hijos varones. Me dediqué durante muchos años a cuidarlos y educarlos, y disfruté de una familia feliz y unida, con sus altibajos como cualquier otra.

Mis hijos crecieron, acabaron sus estudios y se mudaron del país en busca de un futuro mejor. Nos visitaban de tanto en tanto y en todas las fechas especiales, pero su ausencia se notaba mucho, sobre todo después de la muerte de mi marido.

Me quedé sola. Durante diez años, viví el día a día esperando con ansias las visitas de mis hijos y fingiendo que todo estaba bien. Pero lo peor aún estaba por llegar.

Un día me levanté con ganas de pasear y decidí recorrer una parte de la ciudad por la que no pasaba hacía años. Me llamó la atención una tienda peculiar que exhibía en su escaparate algunos artículos antiguos y extraños.

Con la intención de matar algo de tiempo, entré por la chirriante puerta de madera y recorrí los laberínticos pasillos, observando los estantes. El ambiente era denso. Una especie de neblina cubría todo el local, y el frío acompañaba un extraño olor a madera húmeda que hacía arrugar la nariz.

Me llamó la atención una muñeca de trapo; tenía un aspecto bastante desgastado y los botones que simulaban sus ojos estaban medio descosidos. Aun así, decidí comprarla y me dije a mí misma que la lavaría y la arreglaría para que me hiciera algo de compañía.

Desde el primer día en que esa muñeca entró en casa, supe que algo no iba bien. Cada mañana me levantaba con menos energía y, poco a poco, dejé de salir a la calle. Le eché la culpa a la edad y no se lo conté a nadie, hasta que, después de algunas semanas, apenas me levantaba de la cama para comer e ir al baño.

Dormía tantas horas que los días pasaban volando; ni siquiera me importaba si era de día o de noche. Y después de vivir así durante un tiempo incierto, mi memoria se apagó.

Lo siguiente que recuerdo es estar en la habitación de un hospital, acompañada por mis hijos. Me habían llevado mi muñeca y la habían dejado reposando sobre la almohada, a mi lado. Apenas tenía fuerzas para abrir los ojos, pero cuando por fin lo logré, ocurrió algo extraño.

Me vi a mí misma acostada en la cama. De repente, mi cuerpo se incorporó y se quedó sentado, mirándome fijamente. Con una velocidad sobrehumana, bajó de la cama de un salto y salió corriendo de la habitación del hospital.

Intenté despertarme de todas las maneras posibles, pero las horas pasaron y la pesadilla parecía no tener fin. Mis hijos entraron en la habitación y rápidamente llamaron a las enfermeras.

«¡Mamá se ha ido!» —exclamaban mientras buscaban desesperados por todos los rincones.

«Se ha ido y solo ha dejado su muñeca.» —dijo mi hijo mayor mientras me levantaba de la cama.

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