Avistamiento
Escribo esto en los últimos momentos de la humanidad. No por el deseo de ser leído, ya que en pocas horas no quedará nadie, sino más bien para desahogarme y amenizar un poco la espera hacia el inevitable fin.
Mi afición por observar el cielo nocturno nació el día que conocí a mi mujer, la astrónoma más brillante que jamás he conocido. Con la mayor de sus ilusiones, le enseño a un ignorante como yo a entender las luces brillantes que por las noches nos visitaban.
Aprendí a distinguir los colores de las estrellas y a vislumbrar las invisibles líneas que las unían, formando constelaciones. Incluso compramos un telescopio bastante rudimentario, para ver aquello que a simple vista no era posible.
Pero el mundo no iba a permitir que fuera feliz eternamente y decidió arrebatármela en un accidente de tráfico cuando volvía a casa del trabajo. La lloré incontables días y noches en los que no me levanté de la cama por falta de fuerzas y ganas. Estaba convencido de que ese sería mi fin, que tras días postrado en la cama, la muerte me visitaría y me llevaría con ella, pero no fue así.
En una de esas noches de insomnio, la luz de la luna llena golpeo mi rostro más fuerte que nunca e hizo que me levantara de la cama para salir al balcón. Ahí volví a sentir su presencia mientras miraba anonadado las estrellas.
No ha habido noche, desde aquel día, en la que no haya vuelto a ese balcón. Cuando las últimas luces del día se desvanecían en el horizonte, cogía mi botella de whisky y regresaba al único lugar donde me sentía seguro, donde las horas pasaban mientras, en mi cabeza, escuchaba su voz explicándome algo sobre los astros.
No recuerdo cuánto tiempo pasó, semanas o meses, hasta que, una noche, una de las estrellas del cinturón de Orión desapareció. Durante los primeros minutos le eché la culpa al alcohol, pero tras revisar el cielo me di cuenta de que no era la única estrella que faltaba. Por más que lo intentaba, no conseguía ver ninguna constelación completa. La cola de Leo y la flecha de Sagitario, entre otras, habían desaparecido sin dejar rastro.
Noche tras noche fui presenciando cómo aquellos puntos de luz se iban apagando, dejándome cada vez más solo. Especulé mucho sobre lo que podía estar pasando, y mi conclusión fue que algo consciente estaba acabando con ellas. Algo que debía ser de un tamaño y un poder impensable para nosotros.
Cada día revisaba las noticias en todos los canales y leía periódicos científicos, esperando escuchar algo al respecto, pero a nadie parecía importarle… hasta hoy.
Son las tres de la mañana. En la televisión, una estridente alarma suena junto a un mensaje que advierte sobre una inminente catástrofe. En el cielo, un enorme ser redondo y grisáceo avanza por el espacio, cubriendo la mitad del firmamento. Supongo que viene a por nuestra estrella.
Silencioso, avanza rápidamente hacia nosotros y cada vez se va haciendo visiblemente más grande.
Yo, como cada noche, permanezco sentado en el balcón, con mi vaso de whisky en la mano y una sonrisa, sabiendo que en pocas horas volveré a reunirme con ella.
