El fin de la bestia, parte 2
La criatura se puso de pie sobre el altar, y cuando miro a su alrededor, vio que las llamas envolvían por completo la iglesia. Su piel blanquecina y translúcida empezaba a sudar por el calor del fuego.
Levanté mi revólver y le disparé la primera bala al pecho. El impacto no pareció hacerle daño, pero volvió a fijar la mirada en mí. Bajó del altar y empezó a acercarse lentamente. Volví a disparar varias veces, hasta que un chasquido seco me anunció que las balas se habían acabado.
Entonces se preparó para correr hacia mí. Rápidamente, saqué el crucifijo y lo alcé hacia la bestia. Gruñó de forma desagradable mientras salivaba, y dio un paso atrás, mirando con temor la cruz. Aproveché entonces para arrojarle mi última botella con gasolina.
Las llamas, que ya estaban consumiendo los bancos, tocaron el charco de gasolina que se había formado alrededor del monstruo y alzaron una hoguera tan grande que llegaba al techo. Aquella cosa gritó: al principio, sus alaridos parecían salidos del infierno, hasta que poco a poco se deformaron en los llantos de una anciana. A los pocos minutos, no quedaban más que cenizas.
Cuando me aseguré de que había cumplido mi cometido, corrí hacia la puerta, y justo al atravesarla, el techo de la iglesia colapsó y la explosión de llamas me lanzó contra la acera. Me quedé tendido en el suelo, boca arriba, un tiempo incierto, hasta que, con las primeras luces del día, llegaron los refuerzos.
Entre el barullo de coches y sirenas, solo escuché cómo un oficial murmuraba al ver los restos calcinados de la bestia:
—¿Qué demonios era eso…?
Yo cogí mi mochila y, mientras me marchaba, respondí:
—Algo que no volverá a caminar entre nosotros.
