Última parada
Cuando abrí los ojos, el intenso traqueteo que emitían las ruedas del tren, llenó mis oídos. La penumbra envolvía el vagón donde me encontraba, iluminado solo por la tenue luz de varias lámparas colgadas del techo. Lo último que recordaba era que estaba comiendo con mi hermano y después, todo se nublaba.
Al levantarme, vi que el vagón tan solo tenía una puerta, así que decidí no quedarme quieto y resolver aquel misterio.
Entré en el siguiente vagón y quedé atónito. Una decena de hombres obesos comían sin cesar lo que parecía carne podrida. El hedor era tan fuerte que se podía sentir la podredumbre en la lengua. Intenté hablar con aquellos indeseables, pero ninguno respondió. Por instinto corrí hacia el siguiente vagón huyendo de aquel desagradable lugar.
El siguiente vagón estaba abarrotado de joyas, monedas de oro, y cuadros ostentosos. Varios seres esqueléticos de color negro se arrastraban por el suelo, recogiendo aquellos tesoros mientras se peleaban. Intentando no interferir, pasé rápido entre ellos y me adentré en el siguiente vagón.
El frío inundó mi cuerpo. Una tenue luz verde asomaba de las ventanas y varias personas me miraban con rabia mientras susurraban cosas que no podía escuchar. De nuevo, intenté comunicarme con alguien, pero su respuesta era rehuirme y empujarme si me acercaba demasiado.
En el cuarto vagón, varias personas ensangrentadas y enfurecidas se peleaban a muerte, golpeándose con cadenas de metal o con sus propias manos. Intentando cruzar a través de aquella locura, recibí varios golpes que me hicieron tambalear y me abrieron una brecha en la cabeza, pero conseguí pasar.
Atravesé dos vagones más antes de llegar al final. En uno de ellos tan solo había una cama y todo estaba tranquilo. En el segundo, varios hombres semidesnudos se azotaban con látigos de espinas mientras otros observaban la grotesca escena.
Fue al entrar en el último vagón cuando lo entendí todo. Un ser terrorífico esperaba sentado mi llegada. Por la luz que provenía de su interior como si le salieran llamas del pecho y por los cuernos puntiagudos que le salían de la cabeza, supe al instante que se trataba del diablo.
El tren frenó en seco emitiendo un chirrido desagradable y haciendo que me tambaleara. Aquel ser se levantó de la silla lentamente y dirigiéndose a mí con una voz que hacía retumbar el pecho me dijo.
“Si has llegado hasta mí, es que tu pecado es el más grave de todos, la soberbia, y recibirás un castigo ejemplar”
Entonces, dos hombres vestidos con túnicas negras me desnudaron, me sacaron a rastras del tren y me llevaron hasta una jaula de metal en la que apenas podía estar de pie. Afuera, unos seres extraños, parecidos a personas, pero con los rostros desfigurados, comenzaron a amontonarse. Algunos parecían ausentes, pero la mayoría me miraba fijamente mientras reían a carcajadas, haciéndome sentir cada vez más pequeño, y dándome a entender que la tortura se extendería hasta la eternidad.
