El carnicero

Todo aquel que vivía en el pueblo conocía la historia del carnicero. Un hombre que, décadas atrás, asesinó a varios lugareños, incluida su propia familia, y vendió los cuerpos en su puesto de carne, asegurando que era la mejor que alguien podría probar.

Cuando la policía descubrió las atrocidades que había cometido, huyó del lugar y se refugió en un matadero abandonado a las afueras del pueblo. El caso se dio por cerrado después de que varios agentes pasearan el cuerpo sin vida del asesino por las calles de la villa, con la intención de que todos pudieran pasar página. Sin embargo, desde ese día, los casos de desapariciones aumentaron de manera inexplicable, y la leyenda quedó grabada en la mente de todos.

Años después, Thomas, un periodista novel que aún conservaba la ilusión y las ganas de hacerse un nombre en el oficio, llegó al pueblo y hablo con varios de los lugareños. Todos evitaban hablar del tema y, con evidente nerviosismo, se limitaban a advertirle que no se acercara al matadero.

Esa misma noche, haciendo caso omiso a las advertencias, cogió su coche y fue hasta aquel lugar. Cruzó las puertas metálicas, corroídas por el tiempo, y percibió un hedor insoportable, como si no se hubieran abierto en años.

Encendió su linterna y avanzó con cautela. Las paredes estaban cubiertas de sangre que parecían brillar bajo la luz, como si nunca hubiera secado del todo. En el centro de la sala principal había una mesa metálica, limpia e inmaculada, como si alguien la hubiera preparado recientemente.

Thomas puso la palma de la mano sobre la mesa y su corazón dio un vuelco. La mesa estaba tibia, y un charco de sangre se expandía por el suelo, desde la puerta, dejándolo aparentemente atrapado en aquella sala.

Movió la linterna hacia todos los rincones, buscando desesperadamente otra puerta por la que salir, hasta que encontró unas escaleras que conducían a una planta inferior. Al llegar al pie de las escaleras, sus ojos presenciaron un espectáculo dantesco.

Varios cuerpos humanos colgaban del techo, sujetos por un gancho clavado en la espalda. Algunos tenían la piel negra y olían a podredumbre, pero otros aún se movían levemente y emitían un pequeño lamento casi imperceptible.

Un ruido detrás de él hizo que se girara. En lo alto de las escaleras, un hombre corpulento, vestido con un delantal blanco lleno de sangre, bajaba corriendo hacia él. Antes de que Thomás pudiera reaccionar, el hombre levantó el cuchillo y lo clavó en su muslo. Lo levantó del cuello y lo llevó a la mesa metálica de la planta superior.

Mientras Thomas aún estaba consciente, aquel sanguinario le arrancó varias tiras de carne, que apiló a un costado, y le amputó extremidades. Finalmente, cuando solo le quedaba un hilo de vida, lo llevó de nuevo abajo y lo colgó en uno de los ganchos.

Antes de perder el conocimiento, el periodista miró por última vez a los ojos de su asesino, y éste le repitió lo que había estado diciendo toda la noche “La carne muere, pero el alma no. Ahora me perteneces”

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