Descenso

Abrí los ojos y todo estaba completamente oscuro. No recordaba cómo había llegado hasta aquel lugar, ni tenía la menor idea de dónde estaba. Intenté avanzar a tientas, pero me percaté de que no había suelo bajo mis pies y que estaba flotando en una infinita oscuridad.

Un orbe de luz apareció de la nada y se acercó a mí, quedándose inmóvil a escasos centímetros. En ese momento sentí una paz y una tranquilidad como nunca antes había experimentado, pero fue momentáneo. Antes de que me diera cuenta, el orbe había desaparecido y yo volvía a estar solo en la oscuridad.

Empecé a escuchar murmullos provenientes de todas las direcciones, y algunas sombras empezaron a emerger de la oscuridad. Lamentándose y sollozando, se acercaron lentamente a mí, formando un estrecho pasillo que conducía a una enorme puerta que acababa de aparecer. Fue entonces cuando nació en mí un sentimiento de soledad infinita y una culpa inexplicable.

Lloré como un niño durante horas, hasta quedar completamente agotado. Sin darme cuenta, comencé a recorrer el pasillo mientras aquellas sombras rozaban mi rostro y mis brazos, manchándome con una sustancia negra y maloliente, parecida al barro.

Toqué la gran puerta de madera, que se abrió sola con un estruendo ensordecedor. Desde el interior brotó un calor sofocante y una luz tan intensa que me cegó por unos instantes. Cuando mis ojos se acostumbraron a aquella luminosidad, todo quedó claro ante mí.

Un mar de horror y llamas se extendía hasta donde alcanzaba mi vista. En él, había miles de aquellas sombras que me habían recibido, gritando con desesperación mientras ardían lentamente y eran castigadas por unos extraños seres con la piel ensangrentada.

Me di la vuelta intentando no cruzar el umbral, pero ahora, detrás de mí, se alzaba una enorme criatura vestida con una túnica negra que me observaba fijamente, dejando claro que no había camino de retorno. Cuando levanté la vista hacia su oscuro rostro, los recuerdos regresaron a mí.

Recordé estar bebiendo en un bar hasta altas horas de la noche, como cada día. Con las primeras luces, me subí a mi coche a duras penas e inicié el camino hacia casa. Apenas habían pasado cinco minutos cuando, tras una breve cabezada, el coche se desvió hacia el carril izquierdo y choqué de frente con otro vehículo.

Dos rostros se grabaron a fuego en mi mente; el de un hombre de mediana edad y el de un bebé. Intenté pensar en otra cosa, apartarlos de mi cabeza, pero volvían una y otra vez, como un bucle interminable. Pronto comprendí que ese sería mi eterno castigo. Con la culpa devorándome las entrañas, afronté mi destino y crucé la puerta, con la esperanza de que algún día pudiera ser perdonado, si es que eso era posible.

Publicaciones Similares