La escena del crimen

Eran las tres de la madrugada del treinta y uno de octubre cuando el agente de policía Markus tiró al suelo el cigarrillo que se acababa de fumar. Revisó sus bolsillos con cierto nerviosismo y descubrió que había perdido su paquete de tabaco.

Se acercó a la puerta de la casa que tenía frente a él y la abrió despacio, intentando hacer el menor ruido posible. Las únicas fuentes de luz que permitían al agente orientarse eran dos farolas que iluminaban tenuemente la entrada. Dentro de la casa, sin embargo, todo estaba oscuro.

Encendió su linterna y se adentró en el recibidor. Todo permanecía en completo silencio, y sus pasos resonaban con fuerza. Cruzó el arco que llevaba al salón y allí encontró a la mujer, completamente ensangrentada. La iluminó con la linterna y se fijó en los detalles: tenía una enorme brecha en la cabeza, de la que aún emanaba sangre, y la mandíbula dislocada. En sus ojos se podía ver el terror que había sentido en los últimos segundos de vida.

Cruzó el salón, pasando por encima del cadáver, y se dirigió a la cocina. Allí estaba el marido, tendido sobre la encimera, con un cuchillo clavado en el corazón. Por su aspecto, parecía haber resistido bastante. Las paredes estaban salpicadas de sangre, y sus extremidades mostraban cortes muy profundos producidos durante el forcejeo.

Salió rápidamente de la cocina y subió las escaleras hacia la planta superior. Entró en el primer dormitorio y apuntó con la linterna hacia la cama. Un niño, de no más de quince años, yacía muerto. A diferencia de sus padres, no parecía haber sufrido: lo habían matado de un disparo en la cabeza mientras dormía.

El agente escuchó un fuerte golpe en la habitación contigua. Empuñó con firmeza su pistola y entró, apuntando a todas las esquinas. Dentro encontró a una niña, más pequeña que el niño anterior, que salía de debajo de la cama con los ojos llenos de lágrimas. Al verlo, la niña se asustó y gritó con fuerza, pero el agente la sujetó del brazo y le tapó la boca.

A los pocos segundos, la niña dejó de gritar y, siguiendo las órdenes del policía, lo acompañó mientras terminaba de registrar la casa. Entró en la última habitación del pasillo, que era la más grande y tenía la cama de matrimonio. El agente se acercó, aliviado, a la mesita de noche y, con la mano ensangrentada, agarró su paquete de tabaco. Se giró lentamente hacia la niña mientras se guardaba el tabaco en el bolsillo y mirándola a los ojos dijo: “Espero que tú también te portes bien… como lo ha hecho tu familia.”

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